(Nota de Prensa de la Diócesis de Pinar del Río) En horas de la noche del 26 de marzo del 2025, la Iglesia Católica ha recibido la triste noticia de la partida a la Casa del Padre del último de los De Céspedes García- Menocal. Mons. Manuel Hilario ha marchado junto a Aquel que lo formó y llamó desde siempre para ser pastor de sus ovejas. La diócesis de Pinar del Río se une al dolor de tantos cubanos dentro y fuera de la Isla que tuvieron la dicha de conocerlo.
Nació en la Víbora el 11 de marzo de 1944. Era el menor de cinco hermanos, entre ellos Mons. Carlos Manuel de Céspedes, otro de los grandes sacerdotes que ha dado nuestro suelo.
Luego de varios años fuera del país, el 15 de septiembre de 1984 regresaba a Cuba, la Patria donde sus ancestros habían luchado por ver libre, y habían sembrado el mismo amor a las generaciones posteriores. Habían pasado 23 años desde que su familia emigrara a Puerto Rico donde estudió Ingeniería Eléctrica para posteriormente entrar al Seminario San José en Caracas, Venezuela. Allí se ordenó de sacerdote el 21 de mayo de 1972 y permaneció hasta su regreso a Cuba.
Por esos planes de Dios, se incardinó en nuestra diócesis hasta que el Papa Benedicto XVI lo nombrara Obispo de Matanzas el 7 de mayo del 2005.
De Mons. Manolo hablarán los matanceros; los pinareños hoy despedimos al P. Manolo, aquel que se tomó muy en serio su vocación de padre.
Fue párroco de Las Minas de Matahambre y Santa Lucía, comunidades hacia donde partía el lunes, después de celebrar la Santa Eucaristía en Ntra. Sra. de la Caridad. Allí permanecía, hasta que regresaba el miércoles en la noche a Pinar del Río.
En 1998 dejaba Las Minas y asumía la nueva parroquia de San Francisco de Asís en el Reparto Hermanos Cruz, antiguo Reparto Calero, en el extremo Este de la ciudad de Pinar del Río. A su vez fue nombrado Cura Párroco de La Caridad, de donde era Administrador Parroquial desde el año 1986.
¿Cómo hablar de la gente sencilla respetando su humildad y sin faltar a la verdad? Los hechos de su vida lo describen.
Al llegar a La Caridad antes de celebrar la Eucaristía cada día, era habitual encontrarlo en la esquina de uno de los bancos del centro del templo, cerca de la puerta lateral, listo para anotar algún difunto o para oír en confesión al que lo deseara.
De andar ágil y con puntualidad máxima, visitaba cada sábado las catequesis de las pequeñas comunidades, y el domingo en la parroquia.
Para todos, pero especialmente para los jóvenes, fue una bendición tenerlo cerca. Participaba con ellos en lo que fuera: una convivencia, el encuentro de formación, un concierto de Buena Fe, cantar con ellos “Yolanda”, o “Probablemente”, un paseo para tomar helado en el “frozzen de la Alameda” al concluir la Misa, una fiesta del grupo o cualquier viaje que surgiera.
A él podíamos ir a contarle lo que fuera, en confesión o fuera de ella, pues sabía escuchar, aconsejar, y por supuesto, regañar y hablar con firmeza si era necesario.
El P. Manolo nos enseñó el significado de la palabra disponibilidad. Cuando alguien le preguntaba si estaba ocupado tal día, su respuesta era: _“que usted desea” y a partir de ahí se reajustaban los horarios. Del mismo modo, si comenzábamos la conversación diciendo: _ P. Manolo, ¿usted cree…?, sabíamos que seríamos interrumpidos con la “celebre” frase: _ “Yo creo lo que está en el Credo”; o cuando le dábamos las gracias por algo, siempre escuchábamos: _ “Para servir a Dios, a la Patria y a usted”. Y así fue su vida, toda de servicio a Dios, a la tierra que lo vio nacer y a cada persona que el Señor ponía en su camino, de la condición que fuera: era persona, era importante.
Fue de los sacerdotes que participó en el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) en 1986 y posteriormente en el Encuentro Conmemorativo (ECO). Asesor de la Revista Vitral, Canciller de la Curia Diocesana y Asesor de la Pastoral Juvenil fueron algunos de los servicios brindados a nivel diocesano.
Guiaba sus comunidades promoviendo la participación de todos. Cada año, -por citar un ejemplo- al llegar la fiesta patronal, la semana previa la comunidad era convocada a misionar casa por casa en los barrios cercanos al templo y en las Pequeñas Comunidades de Base. Días antes se ofrecía un encuentro de formación a los misioneros. Luego, durante la semana, vivíamos primero la Santa Eucaristía y el rezo de laudes, un grupo salía a realizar las visitas y otro más pequeño, y por lo general compuesto por aquellos que por la edad ya no podían hacerlo, se encargaban de preparar el almuerzo para cuando llegáramos. Por la tarde volvíamos a salir. Así hacíamos en cualquiera de las parroquias que atendía, haciendo de todas, una sola comunidad: la Iglesia.
La acción pastoral mostraban el toque de su mano: los Consejos y las Asambleas Parroquiales, la preparación de los tiempos fuertes de la liturgia, las reuniones de los distintos grupos parroquiales, la larga lista de enfermos a los que él mismo le llevaba la comunión cada viernes, etc.
Hoy damos gracias a Dios por todos los grandes recuerdos que nos dejó a su paso. La amistad y sencillez, la pobreza y el espíritu de sacrificio, la relación íntima con Dios y el amor a la Patria, la alegría y el regaño, el carácter especial que a pesar de la radicalidad de alguna que otra respuesta, no podíamos dejar de quererlo muchísimo y desear estar siempre cerca de él.
La vida del P. Manolo ha sido un regalo para nosotros; y hoy cuando sabemos que ya no volverá a estar físicamente cerca, que no volverá a Pinar por algún motivo especial, sólo podemos agradecerle a Dios por enviarlo a él para que nos acompañara durante tantos años, y para que al pensar en el sacerdote que Cristo instituyó para su Iglesia, aparezca en nuestra mente el rostro sereno y humilde, pero firme y profundo, del P. Manolo.
Equipo de Comunicación Social,
Diócesis de Pinar del Río.